
La revolución electrónica abre nuevas perspectivas gracias al decisivo paso de la imagen analógica a la digital, gracias a inéditas posibilidades de selección y de reorganización de la memoria, gracias a una síntesis más potente entre cuerpo y tecnología. Vuelve a ser crucial el problema de los valores, es decir, de los puntos de vista con los que gobernar la productividad y también la “peligrosidad” de innovaciones particularmente dúctiles y ubicuas, la relectura del clásico conflicto entre ficción y realidad, y la decisión sobre contenidos y elecciones que trascienden el mundo de las imágenes. Es una época en la que con dramática necesidad, se pone de manifiesto el interrogante sobre nuestro destino: frente a las imágenes, se imponen la palabra y la acción.
El actor social tiende a optimizar su éxito reproductivo global, a un tiempo físico y simbólico, cumpliendo acciones que tienden a aumentar la probabilidad de sobrevivir, persistir y reproducirse de sus referentes.
En su horizonte mental, el actor formula sus propios planes de acción, todos esos referentes aparecen únicamente como modelos mentales, es decir como representaciones que de vez en vez pueden asumir forma de imágenes, proposiciones o estructuras analógicas profundas.
Los modelos mentales son mayoritariamente productos de la cultura.
Estas tecnologias protagonistas de nuestro tiempo impactan fuertemente sobre el actor social, el horizonte mental y el modelo mental.